
Hoteles con servicio de guardería, restaurantes con zona infantil, sofisticadísimos parques infantiles por doquier…
Parece que los niños de hoy en día no pueden estar en sitios normales. Todo se está infantilizando, y pasan su tiempo libre en lugares artificiales creados supuestamente para ellos.
He llegado a ver anunciados hoteles diseñados y decorados como si estuvieras en un cuento. Francamente, no me veo compartiendo cama con princesas y caballeros.
¿Necesita un niño tantos espacios hechos a su medida?
¿Es que no pueden disfrutar de una comida en familia, una tarde de piscina en el hotel, una caminata por la naturaleza o un paseo por cualquier ciudad?
Yo creo que sí. Pero ya no saben. La infancia está perdiendo su esencia.

Los niños ya apenas se manchan ni se hacen heridas. Ya no tienen tiempo para ir mirando por la ventanilla del coche, buscando los números de las matrículas de los coches que se cruzan o, simplemente, pensando. Ya no inventan juegos para entretenerse, pues todo se les da hecho antes de que ni siquiera lo pidan. Ni siquiera sueñan con ir a un parque de atracciones o a ver animales, pues para los 7 años se han montado en tantas atracciones que ni las recuerdan.
El adulto, con toda su buena fe, reserva en el hotel que más servicios infantiles ofrece. Toboganes en la piscina, pequeclub, animación nocturna…. Le comprará helados y chucherías, le llevará a las atracciones del paseo marítimo….
Y luego se queja: se pasa todo el día pidiendo; no hay manera de salir del hotel; se ha montado en un montón de cosas y encima vuelve llorando; reservamos este hotel tan caro por él y no se ha montado en nada, y no quiere ir al pequeclub.

A mí eso no me pasa. Pienso que las vacaciones las diseña el adulto, haciendo lo que a él le apasione: viaje en furgoneta, a ver ciudades, en bici, ir a la playa… Lo que sea. Si el adulto lo disfruta, y lógicamente lo adapta un poco al ritmo del niño, éste también lo disfrutará.
Pero no es lo mismo adaptar horarios, tiempos de descanso o momentos de juego, con renunciar a lo que a uno le gusta hacer y reducir todo a unas vacaciones infantilizadas que no satisfacen ni a grandes ni a pequeños.

Para un niño pequeño la vida real ya es lo suficientemente estimulante. Están descubriendo cosas nuevas cada momento.
No es necesario adornársela con atracciones, juguetes, o actividades dirigidas. Cualquier rincón de la naturaleza o una parada de autobús de una gran ciudad les puede resultar interesante: un bicho, un agujero, la gente que pasa…
Pero para eso tienen que tener tiempos «muertos», e incluso llegar a estar aburridos. El aburrimiento pone en marcha sus pensamientos y su creatividad.
Los niños han de descubrir el mundo real, aprender a comportarse de manera adecuada en cada lugar y momento. En un museo, un templo o un concierto estamos en silencio y/o tranquilos. En un restaurante procuramos no molestar al resto de las mesas. Por la ciudad hay que estar atentos para no perderse y tener cuidado con el tráfico…

Si siempre les llevamos a sitios «para niños», luego será complicado que se comporten adecuadamente en sitios reales. No han aprendido ni a a ajustar su comportamiento ni a ser pacientes.
Los niños acostumbrados a tantos estímulos, luego suelen tener dificultades para entretenerse, saber esperar, asombrarse… y seguramente serán menos empáticos y más egoístas, pues todas las actividades han girado siempre en torno a ellos.

Os animo a practicar el menos es más, a rebobinar un poco y pensar lo que nos hacía felices de pequeños: coger flores, el olor a churros, saltar de una roca… Yo al menos recuerdo ese tipo de cosas.
Pues los niños de hoy disfrutarán igual si ponemos a su alcance este tipo de cosas, y dejamos tablets y parques de atracciones para ocasiones puntuales.
¡Felices futuras vacaciones!
Deja una respuesta